viernes, 27 de julio de 2012

Andanzas por Serón (Almeria) - ( I ) La Plaza Nueva

Andanzas por Serón. ( Almeria). (Capítulo uno). La Plaza Nueva Era una noche del invierno cerrada y plena, gélida y fría. En su altura estaba el castillo.Donde relucía la decoración de la navidad, igual que subiendo la cuesta de la entrada, y en la Plaza Nueva. Entrar en aquella Plaza pública siempre me produce una gran sensación. Rodearla paso a paso, mirando la fuente exultante con sus chorros flameando en los surtidores, ya es una grata rememoración. Con su Casa Consistorial en el inicio, en el flanco izquierdo según se entra; y aquel edificio multifuncional al fondo. Con su función cultural, en donde la villa tiene su referencia. Allí, uno tiene la sensación de estar en el centro del pueblo. Las vistas del caserío alumbrando en medio de la oscuridad, bajo la luz de las farolas modernistas, en el centelleante montículo, en la falda de la montaña. Uno tiene la sensación allí de sentirse bienvenido. Acompañado en aquel paisaje de casas relevantes dentro del casco histórico, en la inclinación de sus calles, en aquella pendiente suave que los pies denotan subiendo la cuesta hasta la Placeta 28 de Febrero. Desde donde asoman los contornos negruzcos de la nocturna hora en horizonte de las sierras. Contorneando su espacio gris, su aritmético centrifugado del resplandor de los faroles. Frente a aquellas desmesuradas cordilleras imponentes, de reciedumbre constante donde el núcleo urbano se asoma perpendicular. El pueblo distingue su fisonomía vernácula en su prisma más bello desde aquel encuentro que significa la plaza central con los montes más lejanos en la cuenca del Almanzora. Como incorporándolos a sus vistas panorámicas, al refresco inigualable de sus aldeas contemporáneas, alumbradas permanentemente. Sus molinos de viento, como gigantes volando en tus torreones imprescindibles; en tus estuchadas fiambreras de las hélices rodando sobre su eje, en la voluntad del aire que las mueve. En el sonar de los campanarios de sus ermitas, velando sobre sus criptas de melancolía en medio de los paramos, el día de la fiesta de guardar o su celebración onomástica. Relampagueando su suscitar tañendo la campana, llamando a misa. Estridente galopar de su ruidoso vaivén de su repique en los toques ya acordados. En su frenesí metálico, danzando su repiqueteo siempre entornado en el velódromo de sus entornos. En aquellos campos de sol enfundados en su cobertura. Como elementos integradores de su religiosidad, en las festividades solemnes. La torre de la iglesia allí cultivada asomada al terraplén en el silente estado de su austeridad, como representativa de una continuidad etérea. Visible desde todos los puntos cardinales en derredor. Con su aplomo de monumento histórico, en aquel lugar donde los seronenses defendieron su honor en la celebre batalla del siglo XVI. En lo más alto, la torre ilustre de su historia compartida, donde está el reloj. El reloj que auspicia muchos de los anejos con su toque celebre hasta los más lejanos valles. Como un soniquete amamantando las vegas con su vertiginosidad y su elemental transmisión con su latir. Tañendo el acero bruscamente, con su lastimero golpe marcando las horas, que el viento lleva hasta las cumbres, sonando. La noche abrió su perfil entre su espacio urbanístico, las miradas viendo el destino del alumbrado en su encaje primoroso; descendiendo, más abajo de la carretera. La visión despertaba el rumor de los cortijos distinguiéndose en su tolerancia afectiva del terreno. Nutriendo el favorecedor encanto de su hechura mística de la nocturnidad, pacifica y serena; en la fronda campesina. Legitima su inigualable estampa entre los laeros, entre la vegetal corteza terrestre, entre los apriscos contenidos, entre el semi-desértico color ocre rural; la grandeza de la fertilidad agrícola. La comisión del lustre del esplendor al amanecer en la raigambre de los bancales, los secanos y el bosque. José Francisco. Córdoba. 2012

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